Catalina le destinó una mirada asesina. Samanta trató de que olvidara el mal trago.
-¡Cómo me gusta la playa! –exclamó Samanta-. Por supuesto, yo veraneo en Punta del Este o en Cancún. Bueno –hablándole a Catalina-, lo mismo da alguna playita por acá, total, el mar es uno en todos lados, ¿no es cierto? Lo que cambia es la gente, ¿viste? ¡Qué placer veranear con vos en Mar del Plata! ¡Y cuánto lo extraño! La familia llegando como una horda a la playa, vos llevando los fideos con tuco de la noche anterior para comerlos bajo el sol a cuarenta grados de calor, y tu esposo masticando el choclo que le compró al vendedor ambulante. ¡Una postal imborrable! ¡Era como el turismo aventura! Un día podríamos ir juntos –agregó con ironía mientras la miraban con sorpresa- a Acapulco, o a Pinamar, quizá a Espa
ña, ¿no? Yo siempre digo que no hay que morirse sin conocer Europa –sentenció convencida-; el Coliseo, el Big Ben, la Catedral de San Pedro, la Gran Muralla. Yo cuando viajé me acordé tanto de ustedes…
-Pero –exclamó Catalina, exasperada pues su hermana no desaprovechaba ocasión para refregarle en la cara que tenía dinero y ellos no-: ¿con qué plata? Si vas a esos lugares es porque te casaste con un platudo porque si fuera por tus méritos, habría que recordar que no sabes hacer la letra O con un vaso. Y mucho no pensaste en nosotros.
-¿Cómo que no, mamá? –agregó Zulma-. Trajo tres llaveritos de recuerdo de Francia (tres llaveritos para diez personas), y además le compró a mi nene una Barbie rosa. Resulta que fue con la muñeca a la escuela y todos los compañeritos se rieron de él. Imaginen a un varón con una Barbie...
-Jaja –rió Samanta-, es que nunca recuerdo el sexo de esa criatura. Siempre llevo su foto en mi billetera.
-Pero tía –contestó Zulma-; si la única vez que lo viste fue en la ecografía, cuando yo estaba embarazada. Y de eso hace doce años. Además, ¿la gran muralla no está en China?
-Es que la muralla llegó hasta Atenas. No sé... Cuando fui, había murallas también... Al fin y al cabo, era un montón de ladrillos apilados... ¡Cómo pasan los años! -exclamó Samanta-. A veces quisiera que exista un gran reloj para girar el tiempo hacia atrás y volver a la juventud. A veces me pregunto cómo voy a ser cuando sea viejita.
-¡Más yegua que ahora! –remató su hermana.
-¡Cómo me gusta la playa! –exclamó Samanta-. Por supuesto, yo veraneo en Punta del Este o en Cancún. Bueno –hablándole a Catalina-, lo mismo da alguna playita por acá, total, el mar es uno en todos lados, ¿no es cierto? Lo que cambia es la gente, ¿viste? ¡Qué placer veranear con vos en Mar del Plata! ¡Y cuánto lo extraño! La familia llegando como una horda a la playa, vos llevando los fideos con tuco de la noche anterior para comerlos bajo el sol a cuarenta grados de calor, y tu esposo masticando el choclo que le compró al vendedor ambulante. ¡Una postal imborrable! ¡Era como el turismo aventura! Un día podríamos ir juntos –agregó con ironía mientras la miraban con sorpresa- a Acapulco, o a Pinamar, quizá a Espa
ña, ¿no? Yo siempre digo que no hay que morirse sin conocer Europa –sentenció convencida-; el Coliseo, el Big Ben, la Catedral de San Pedro, la Gran Muralla. Yo cuando viajé me acordé tanto de ustedes…-Pero –exclamó Catalina, exasperada pues su hermana no desaprovechaba ocasión para refregarle en la cara que tenía dinero y ellos no-: ¿con qué plata? Si vas a esos lugares es porque te casaste con un platudo porque si fuera por tus méritos, habría que recordar que no sabes hacer la letra O con un vaso. Y mucho no pensaste en nosotros.
-¿Cómo que no, mamá? –agregó Zulma-. Trajo tres llaveritos de recuerdo de Francia (tres llaveritos para diez personas), y además le compró a mi nene una Barbie rosa. Resulta que fue con la muñeca a la escuela y todos los compañeritos se rieron de él. Imaginen a un varón con una Barbie...
-Jaja –rió Samanta-, es que nunca recuerdo el sexo de esa criatura. Siempre llevo su foto en mi billetera.
-Pero tía –contestó Zulma-; si la única vez que lo viste fue en la ecografía, cuando yo estaba embarazada. Y de eso hace doce años. Además, ¿la gran muralla no está en China?
-Es que la muralla llegó hasta Atenas. No sé... Cuando fui, había murallas también... Al fin y al cabo, era un montón de ladrillos apilados... ¡Cómo pasan los años! -exclamó Samanta-. A veces quisiera que exista un gran reloj para girar el tiempo hacia atrás y volver a la juventud. A veces me pregunto cómo voy a ser cuando sea viejita.
-¡Más yegua que ahora! –remató su hermana.










