La sociedad argentina actual está marcada por la rebelión y la violencia. Habitamos una comunidad que cada día acumula más televisores, más celulares y más notebook, pero que retrocede etica y culturalmente. Se parece a esas casas de películas; delante hay una fachada muy bonita, pero detrás no hay nada, porque es un montaje para mostrar.
Una madre fue asesinada delante de sus hijos pequeños y de su esposo, pero el hecho no mereció demasiado debate; un prefecto mató a una joven de 17 años que presuntamente quiso asaltarlo, y el hecho generó una batalla campal donde la policía terminó acorralada debajo de una lluvia de piedras; 194 personas murieron en un recital sobrecargado de gente
en 2004, por el encendido de pirotecnia por miembros del público, y más allá de que se juzgó, condenó y absolvió a empresarios y funcionarios, la discusión trascendental sobre la responsabilidad individual de quien encendió una bengala en un lugar cerrado espera un turno. La televisión, entretanto, el medio de comunicación mayoritario, exhibe a recién llegados que perjuran que nunca trabajaron, a mujeres pulposas que explican que lo que mayor placer les da son penes altos y regordetes, y a jovencitas desconocidas deseosas de fama a cualquier precio. Por supuesto, el fútbol que cuenta euros, recibirá también su cuota de subsidios gubernamentales en un hecho que el diario oficialista calificó de "histórico". Su televisación será gratuita y así estará al alcance de todos. También al alcance de todos deberían estar la vivienda, la ropa, el kilo de pan y los libros de García Marquez y Borges, pero a nadie se le ocurrió subsidiar los alquileres, los textos de Cortázar, las entradas al teatro que oscilan entre $ 100 y $ 300, y la comida diaria. Rara paradoja: también deberían estar al alcance de todos. Quizá en un tiempo el Estado construya Coliseos, aliente las carreras de cuadrigas y Buenos Aires reviva a la Antigua Roma.
El Leviathán (el Estado o "dios mortal"), destinatario principal de nuestros pensamientos y nuestros actos, está terminando su tarea de despersonalizarnos, de absorvernos. Ha asumido nuestros destinos, nos seduce convenciéndonos de que le entreguemos libertad y fortuna, para terminar tratándonos como niños. Desde hace décadas viene asegurando que, si renunciamos a todo, nos llevará a la felicidad, pero la meta se posterga. Entonces aquí y allá aparecen hombres y mujeres rogando que les entreguemos nuestras vidas pues ellos sí podrán domesticar al Leviathán. Más esta divinidad terrenal no quiere hombres libres; más bien aspira a reemplazar a esos hombres, devorarlos cual si fuera un ogro y establecer una uniformidad general.