El marido de mi hermana, después de sus encorajinados gritos, de mala gana cruzó el patio cubierto, me saludó con un simple “buen día” y salió a la calle, en tanto su mujer le decía a viva voz:
-¡Despertá al vago de tu hijo para que ayude!
¡Es mediodía de un día martes y todavía está durmiendo! Parece que nadie le notificó que de lunes a viernes la gente trabaja. -¡Despertalo vos! –contestó el marido-. Iba a levantarte temprano para estudiar... Es la quinta carrera que empieza...
Catalina, entonces, caminó con paso firme hasta una puerta cerrada y llamó.
-¡Sebastián! –gritó-. ¡Salí de ahí y ayudá al inútil de tu padre con las cosas de tu tía!
-¡Pero si la rompe pelotas de la tía viene en la tarde! –contestó una voz desde adentro, no tuve dudas: la “rompe pelotas” era yo.
Mi hermana se quedó pálida ante la afirmación de su hijo que no sabía que yo estaba parada del otro lado de su puerta.
-¿Cómo podés decir eso de tu tía Martita? –replicó mi hermana en mi defensa-. Suponete que estuviera oyéndote –luego supe que de esta forma la madre había intentado telegrafiarle al hijo que la “rompe pelotas” estaba escuchando.
-Pero –dijo la voz-, ¡si vos misma decís que es una “rompe pelotas”, una pesada que viene a instalarse en esta casa y a la que recibís nada más porque esperás que ayude a pagar las cuentas!
Mi hermana quedó petrificada, oscilando entre entrar y estrangular a su hijo, y alejarme para que no supiera lo que se decía de mí a mis espaldas. Pero optó por quedarse allí, y acallarlo.
-¡Levantate! Tu tía, ¡ya llegó! Y escuchó todo lo que dijiste.A continuación, Catalina se limpió las manos en el delantal que tenía y se quedó mirándome.
-En verdad –dijo mostrando una sonrisa-, ¡estoy muy feliz de que estés acá! Lo que dijo el chico es lo que escuchó alguna vez cuando yo estaba enloquecida, ¿viste?... Ya tenemos preparado tu cuarto. Lo armamos donde duerme la nena. Tal vez sea un poco frío en invierno, pero el invierno tiene una ventaja: termina con las cucarachas. La casa se llena de cucarachas en verano… Una vez llegamos con Edgardo y había cuatro en el comedor, muy cómodas ellas. Mi hija dice –agregó jocosa- que las únicas a las que no espanto con los gritos es a las cucarachas. Me miran –hizo el gesto- y mueven las antenitas, las muy hijas de put…


















