Apenas Augusto lo vio, descubrió algo inquietante en su aspecto. Tenía el rostro pálido, una palidez de muerte que la negrura de su cabello resaltaba. Llevaba los ojos enrojecidos, rodeados de dos círculos negros; el pelo estaba largo y descuidado; y arrastraba un cuerpo doblado y enjuto. En el pasado, ambos habían sido buenos amigos, pero presentía que un gran cambio había operado Esquenazi. Y el cambio no le agradaba. El hombre parecía atormentado por ideas y pasiones furiosas.
Se trataba de un físico nacional eminente, aunque autodidacto como era, había incursionado también en otras ciencias y en el arte. 
-¿Cómo estás, querido amigo? –exclamó Augusto, abrazándolo-. Mucho tiempo
pasó desde nuestra última charla.
-Es grato volver a verte –correspondió Bartolomé-. Cuando todo esto de la invasión empezó, imaginé que ibas a venir a mí. ¿Desean tomar un cafè?
-Gracias, café estará bien –respondió el anciano en su nombre y en el de su sobrino, aunque no le había consultado-. Bien imaginaste que querría platicar contigo porque tenemos mucho quehacer. Mucho trabajo hay para un hombre sabio como tú.
-He oído sobre ese “patético” Consejo de Sabios que organizaste –dijo Esquenazi, mordaz, juicio que asombró a Augusto y le hizo confirmar sus sospechas-: es la novedad de la comunidad científica internacional. Un grupo de pseudos intelectuales que pierden el tiempo y pierden colaboradores… Bien estoy al tanto de sus dificultades, Augusto.
El viejo quedó paralizado: la conversación no iba a ser grata, y no entendía por qué la animosidad del dueño de la casa. No obstante, intentó conservar la mesura.
-Entonces bien sabes que la hora es sombría, y que mucho se necesita de un hombre como tú… Sería de gran importancia que algunos de nosotros se contacten con esos seres para…
Esquenazi soltó una carcajada.
-Esto es muestra cabal del atraso de tu grupo, Augusto –dijo-, un grupo que, por supuesto, no tengo deseos de integrar. Antes de la aparición de sus naves, muchos de los míos sabían que iban a llegar, porque se comunicaron con nosotros, y aún lo hacen. Y sabemos cuales van a ser sus próximos pasos. Habría sido una buena oportunidad si el hombre, creyéndose amenazado, no le hubiese respondido con violencia… Si quieres contactarte con ellos, espera dos meses, pues en ese tiempo estarán aquí.
En el rostro de Augusto se instaló el espanto: en sesenta días las esferas estarían en Buenos Aires.
-Ya la flota invasora ha empezado la invasión de México; sus máquinas sitian Acapulco, Guanajuato y el Distrito Federal. Y desde allí descenderán.
Tras la última afirmación, Augusto creyó que ya no tenía sentido seguir la plática. Entonces, giró hacia la puerta, arrastró con él a Agustín, y se marchó. Y mientras lo hacía pensaba que la cuenta regresiva había empezado.
Continúa lunes 30 de marzo