viernes 27 de febrero de 2009

DUELO DE CIVILIZACIONES (XI): LOS RECIEN LLEGADOS CONTACTAN A LOS LIDERES DEL MUNDO

Con el paso de los días empezó a correr la noticia de que los visitantes se habían reunido con distintos líderes políticos mundiales. Las cadenas de televisión globales habían transmitido imágenes de esferas de color plateado, con varias puntas saliendo de los laterales, emergiendo de los discos y descendiendo cerca de edificios gubernamentales. En efecto, millones de televidentes y cibernautas del sur y del norte vieron por televisores y computadoras a los aparatos bajando sobre la Casa Blanca, el Kremlin y la sede del gobierno chino.


Según los partes, los embajadores del espacio habían asegurado que sus intenciones eran pacíficas, aunque no había muchas precisiones. Corrían los más diferentes rumores sobre su aspecto; se afirmaba que los visitantes conocían a la perfección varios idiomas humanos y que tenían un conocimiento muy acabado de la historia del hombre y de su planeta. Se aseguraba que aquellas criaturas integraban una civilización muy antigua, con más tiempo que la civilización humana, y que tenía respuesta a muchas preguntas. Quizá podían responder cómo se habían construido las pirámides; cual había sido la causa de extinciones masivas (hasta algunas selectivas) de gran parte de la vida en la Tierra, como la de los dinosaurios; tal vez podían traer nuevos indicios y nuevas teorías sobre el origen de la vida. Y hasta era posible que hubieran doblegado a eso que se llama “tiempo”, entrando y saliendo de los segundos y de las horas. Los científicos chinos, norteamericanos y canadienses estaban excitadísimos esperando la ocasión de conocer a los visitantes y apabullarlos con sus dudas. Las autoridades francesas, hindúes, peruanas, sudafricanas y árabes intercambiaban informes todo el día, y durante esos días pareció que no hubo distingos de razas, culturas o religión, porque unos se acercaban a otros ante lo que era desconocido para todos. Si; algunos sujetos (como Augusto) pensaron que el primer efecto de la llegada de los extraterrestres había sido beneficioso: la humanidad se había unido.


Augusto regresó a Buenos Aires teniendo en mente que su lugar estaba en la ciudad, donde los hechos ocurrían, y no en un lugar de la provincia. Tenía mucho por hacer: debía contactar y reunirse con otros escritores y pensadores, y dialogar largamente sobre la nueva época. Quizá pudieran entrar en contacto con otros intelectuales latinoamericanos, integrar un grupo de notables y analizar las cosas desde la óptica de esta parte pobre del mundo. Luego hablarían con pensadores de Europa y América del Norte e imaginarían un nuevo orden internacional en un mundo marcado por las injusticias. De seguro podrían elaborar en conjunto un compendio para entregar a los visitantes con grandes obras artísticas del hombre; una especie de enciclopedia con biografías y textos de referentes como Cervantes, Shakespeare, Tolstoi, Borges, Víctor Hugo y Neruda; fotografías de frescos y pinturas de Miguel Angel, Da Vinci, Van Gogh, Dalí y Picasso; piezas musicales de Beethoven, Mozart y Verdi; y hasta películas que había producido la cinematografía humana. Una muestra de lo mejor que había hecho la mano del hombre podía ser obsequiado a los visitantes para que conocieran su civilización. Y por qué no, historiadores argentinos, norteamericanos, camerunenses, suecos, españoles, y de todas las banderas podrían elaborar un tratado sobre la historia humana; un tratado seguramente de cien tomos, donde no se omitiera ni una u ni una coma de la biografía de cada pueblo del mundo, fuera grande o pequeño. Sí; tenía mucho por hacer. Si lo dejaban sus sobrinos.

miércoles 25 de febrero de 2009

DUELO DE CIVILIZACIONES (XI): SI NO TE CASAS, QUEDATE CON LOS REGALOS DE BODA


A medida que pasaron los días, el dolor aumentó en Camila. Comía poco, apenas salía, pasaba el día encerrada en su cuarto, y lloraba, lloraba. Su madre estaba muy preocupada porque el golpe estaba demoliendo el ánimo de su hija. Y las cosas empeoraron al tercer día.
Esa tarde, con la velocidad del viento Camila entró llorando en la casa, penetró en su habitación y se echó en la cama para llorar. Carmen entró detrás de ella.


-Encontré a esa arpía odiosa, Paula –contó Camila sollozando-. Y sin rodeos me dijo: “Todos tus amigos y conocidos sabíamos que tu novio te era infiel, al menos desde hace dos años. Y no con una chica, si no con varias. Nadie tuvo el valor de decírtelo. Y a decir verdad (me escupió sin vueltas), no lo juzgo, porque eres insoportable. Ibas a hacerlo desgraciado como esposa”… ¿Te das cuenta? ¡Todo el mundo sabe que era cornuda! –y aumentó su llanto.


-No llores, no llores –le dijo su madre sintiéndose impotente.


-¡Oh, mamá! –continuó Camila-. Menos mal que no hubo boda... ¡Hasta el cura sabría que me metía los cuernos! Cuando me viera con el vestido de novia iba a pensar: “pobrecita; si supiera…” –y se sonó la nariz con un pañuelito-. Pensar que vino un montón de gente para el compromiso. Ahora, ¿qué hago con los regalos?

-Bueno, bueno –dijo Carmen-; ya arreglaremos todo. Cancelaremos las invitaciones, el salón, devolveremos los obsequios…


-¿Por qué tengo que devolverlos? –titubeó Camila, algo repuesta-. Es lógico que me los quede como indemnización. Serán de utilidad para mi mejoría… -y exclamó con ira-. ¡Y venderé el anillo de compromiso! Si algo vale... Era tan miserable que tal vez, con el dinero que me den, no me alcance para un café con medialunas.

Su madre la miró sorprendida: su hija podía estar quebrada por la pena, pero cuando quería recuperaba la cabeza fría y veía el lado práctico de las cosas. Pero, ¿qué podía hacer Carmen para mitigar el dolor de su hija? Y mientras la tenía con la cabeza apoyada en su hombro, pensó, pensó, hasta que eligió una propuesta de todas las que cruzaron por la cabeza.

-Si quieres mejorar –dijo Carmen-, ¿por qué no haces un viaje? Te ayudará para superar la tristeza. Puedes irte a Mar del Plata, a Pinamar… Mira a tu hermano: se irá unas semanas a Buenos Aires con tu tío Augusto. Aunque no me agrada la idea por lo que está sucediendo en la capital.

-¿El tío llevará a Agustín con él?

-Sí… La idea no le agradó pero tu hermano le insistió tanto, y tanto molestó a tu padre para que lo convenciera, que accedió. Sabes que tu papá es débil de carácter… Si quieres –dijo, aunque luego se daría cuenta de su error-, puedes ir con ellos. Al fin y al cabo ibas a viajar a Buenos Aires si te casabas. Y también ibas a ir para estudiar en la universidad. Podemos adelantar el viaje, y me sentiría tranquila si fueras con ambos. Podrás pasar unos días en la casa de tu tío, hasta conseguir un departamento que alquilar. Además es cerca y puedes venir a visitarme todos los fines de semana.

De súbito Camila pensó que Buenos Aires era una opción válida para distraerse. Además, allí estaba Guido. Y estaba tan deseosa de vengarse de él, que pensó que era una ocasión ideal para desquitarse. Sus ojos verdes brillaron con una luz de malicia. Sí: se desquitaría por lo que le había hecho, y no dudaría en recurrir a medios morales o inmorales para hacerlo. No pensó si soportaría vivir con su tío. Ya se las arreglaría. Entonces dijo sin dudar:

-Iré a Buenos Aires.

martes 24 de febrero de 2009

DUELO DE CIVILIZACIONES (X): TRISTE Y SOLITARIO ADIOS

En el siguiente día, la nave de Buenos Aires seguía allí, pero ahora iluminada por la luz del sol. Los porteños en masa mostraban un comportamiento inusual: había gentíos en plaza de Mayo, junto al Obelisco y en el Puerto, y todos miraban, miraban hacia arriba. En la ciudad nadie hablaba de otra cosa; era el tema de conversación de las señoras coquetas en los cafés; de los empleados en el almuerzo; de los abogados en los juzgados y en las audiencias de mediación. Incluso ese día no hubo manifestaciones de reclamos al gobierno en las calles céntricas. Varios habitantes de la capital tuvieron sus cinco minutos de fama cuando, ante el primer micrófono que se les ofreció, hablaron como si fueran expertos; unos dedujeron que los alienígenas venían en paz; otros aseguraron lo contrario; y algunos afirmaron que de seguro tenían soluciones para problemas tales como la inflación, la inseguridad y el desempleo.


Sí; esa mañana todos los televisores mostraron postales de grandes aparatos sobre el Capitolio de Washington, la Torre Eiffel, el Kremlin de Moscú o las milenarias pirámides de Egipto. No hubo, en definitiva, gran cambio entre el día y la noche, excepto en Camila.

Era la mañana en que su ex prometido tomaba el micro para viajar a Buenos Aires, donde lo esperaba una propuesta de trabajo. Tal cosa estaba arreglada de antemano, y los novios habían contado con el empleo para casarse e instalarse en Buenos Aires. Y aunque ya no estuvieran juntos, él iba a presentarse en la compañía que lo esperaba. La furia anterior se había disipado en ella, y el primer pensamiento que la había atormentado al despertar era que había salido de su vida. Y sin la seguridad de que el rostro de ella fuera el último que él quería ver, se incorporó, se vistió y salió camino de la terminal. Antes de dormirse le había contado a su madre lo ocurrido, y le había asegurado que nada más quería saber con el muchacho. Más ahora volvía sobre sus palabras, y sin reparar en su dignidad, caminaba hacia la parada de micros, ya para despedirlo, ya para intentar recomponer las cosas. Pero cuando llegó al lugar el temor que traía se materializó.

El no estaba sólo, y no necesitaba de ella para que alguien lo despidiera: la muchacha de la noche estaba allí para hacerlo en su lugar. En derredor había docenas de personas intercambiando frenéticamente novedades sobre la llegada de los visitantes del espacio; manos ávidas que demandaban el periódico que en primera plana traía una foto de la nave espacial arriba del Cabildo porteño. Aquí y allá había hombres curiosos o angustiados que no esperaban llegar a sus trabajos o a sus casas para leer las noticias, y se ponían a leerlas ahí mismo y a hablar entre ellos: “Al parecer, de un momento a otro algunos de ellos se reunirán con distintos reyes y presidentes”, oyó decir a uno; “Esto no me gusta nada”, escuchó que otro contestaba. Pero para ella el tema no tenía importancia alguna.


Ahí estaba él a punto de salir para siempre de su existencia; su amante abrazándolo y deseándole suerte; y ella, (una tonta que lo amaba y que, a pesar de todo, había llegado hasta ahí para despedirlo) oculta detrás de una columna, con los ojos húmedos de lágrimas y el corazón destrozado.


Continua mañana (premios en siguiente post)

PREMIOS: GRACIAS LOLA MARINE, LASCIVIA, BLUE, SANDRA, TIA ELSA, CARMEN Y SILVIA. GRACIAS TOTALES!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!




Bueno, he recibido dos premios.



Este me lo dio una maestra angelical, escritora ella,
psicóloga, actriz, LOLA MARINE (http://gatosporlostejados.blogspot.com/), de Barcelona además.






Y este de una amiga reciente, LASCIVIA, (http://losdeseosdelacarne.blogspot.com/), poeta, escritora y apasionada mujer de mi país.



GRACIAS A AMBAS!!!!!


Y los paso a 5 amigas: en verdad, no tengo palabras para ellas. Este humilde homenaje es nada en comparación con todo lo que me han dado. Siempre están ahí. Y ojalá algún día las conozca en persona.


1) CARMEN (http://el-blog-de-carmen.blogspot.com/): Es un sol, y sus rayos llegan hasta Buenos Aires desde España.


2) TIA ELSA (http://segunpasalavida.blogspot.com/): Hay una frase de Tolkien que dice: "una luz para que te ilumine cuando las otras se apagaron". Y ella es una de esas lucecitas que gracias a Dios todavía tiene este mundo que a veces parece perdido.


3) SANDRA (http://elatelierdesandra.blogspot.com/): Una genia, una artista. Embellece lo que toca; lo transforma, lo ilumina.


4) SILVIA: (http://silvia-capichoti.blogspot.com/): Otra maestra, sensible, que nos aporta palabras de fuerza y esperanza en este camino de la vida.

5) BLUE FAIRY MEETS GEPETTO (http://argentinatoycollector.blogspot.com/): Bueno, el que cito es su blog como coleccionista. En sus 3 blog nos hace recorrer por la nostalgia, el colecionismo, la fantasía, y la vida.


GRACIAS GRACIAS GRACIAS!!!!


Ahhh: Me sumo a SANDRA: Hay un hermoso sorteo que realiza Jabones artesanales. Si desean participar, visiten el sitio y podràn apreciar tambièn las maravillas que hace esta española de Almerìa!!


lunes 23 de febrero de 2009

DUELO DE CIVILIZACIONES (IX): SUCEDIO UNA NOCHE

Cuando entró en el restaurante, lo hizo con los ojos rojos. El televisor seguía trayendo imágenes de Buenos Aires, pero no les prestó atención. Tampoco nadie le prestó atención a ella. Siquiera su madre quien, al igual que su padre, estaba demasiado pendiente de lo que pasaba en la capital, y hablaba como loro con los vecinos. Ella en cambio estaba furiosa; odiaba al idiota junto a quien había malgastado cinco años de su vida. Incluso hacía escasamente un mes, en una gran fiesta, se habían comprometido ante cincuenta personas. Y había más. Su madre ya estaba organizando la boda, y ella ¡que había visitado a una modista para que le confeccionara el traje! Ojala pronto estuviera terminado así lo estrangulaba con el.
De pronto, Agustín, el hermano menor, se apartó del grupo y se acercó a ella.

-¿Viste la nave que hay sobre Buenos Aires? –exclamó sobresaltado aunque sin encontrar igual entusiasmo en su hermana-. Dice la televisión que estos seres vienen en son de paz. Y el tío afirma lo mismo.


Camila lo miró con gesto de desprecio.


-¡Qué me importa! –exclamó iracunda-. Y si tanto le interesa al “tío”, se hubiera quedado en Buenos Aires antes de venir a arruinarme la vida. Así los hubiera visto en vivo y en directo -y agregó como al pasar, sin anticiparse que el tiempo le daría la razón-. En “son de paz”…: hay que ver si los hombres los reciben de igual modo. Tantas noches tuvieron para aparecer, ¡y tuvieron que escoger esta noche para hacerlo!


César decidió seguir con lo que había intentado hacer cuando el apagón. Congregó a todos alrededor de la mesa donde estaba la torta, llamó a su hermano, encendió la vela y empezaron las palmas y el canto del feliz cumpleaños. Aunque nadie lo confesaba abiertamente, había incertidumbre en todos los corazones, y hasta un cierto temor. Sin demasiado entusiasmo, saludaron al viejo mientras Carmen empezaba la partición de la torta.


Después los comensales se marcharon a sus casas, pero nadie durmió esa noche. En los hogares los televisores quedaron encendidos hasta que amaneció. Y lo mismo ocurrió en todos los hogares del país. Y del mundo.

sábado 21 de febrero de 2009

DUELO DE CIVILIZACIONES (VIII): LA TRAICION

La única que parecía no estar preocupada era Camila, que aprovechó la ocasión para deslizarse hasta fuera del restaurante y abandonar la cena. En verdad no sentía aprecio por su tío (éste nunca se lo había ganado) y le importaba un bledo si la pasaba bien o mal en su cumpleaños. Incluso había sentido bronca cuando su madre la había obligado a participar del agasajo. Había tenido que cancelar el encuentro con su novio Guido. Pero cuando hubo tenido la ocasión de desembarazarse del compromiso familiar, no dudó: ganó la calle y encaminó hacia la casa del joven.


Mientras flanqueaba las casas oía los comentarios de sus moradores. Nadie iba a dormir esa noche con la visita de no sabía quien. Cruzó una bocacalle; más allá estaba la amplia laguna por la que era célebre Chascomús, y la luna se reflejaba en su manto. Giró en la esquina siguiente; a unos pasos estaría la casa de su chico. Pero cuando vio la casa quedó paralizada.


Allí estaba Guido, en la acera; a su frente había otra muchacha. No platicaban: se daban arrumacos, se abrazaban y se besaban largamente. Tuvo todo claro de inmediato. ¡El cerdo había aprovechado la cancelación de la cita para encontrarse con esa puta! Y la muchacha le correspondía, y lo acariciaba, y le decía cosas al oído. ¿No sabía que no le pertenecía? De pronto, oculta detrás de un árbol, sintió un repentino deseo de llorar. Ahora se preguntaba cuánto hacía que él la venía traicionando con esa muchacha. En un primer momento sintió las ganas de salir corriendo, encerrarse en su casa y llorar toda la noche. Pero de pronto la furia la encegueció y sacudió todas sus fibras. Tenía un temperamento demasiado fuerte para huir con esa imagen en la mente. No: ahora tenía ganas de saltar sobre ellos como una fiera y destrozarlos. Y eso hizo. Cruzó la calle y se paró ante los tórtolos.


-¡Hijo de p...! –gritó-. ¿Desde cuanto hace que vienes engañándome con esta… estúpida? Aprovechaste que no ibas a verme para revolcarte con ella, ¿verdad?

Los ojos del muchacho quedaron desmesuradamente abiertos al verla, y también los de su amante.

-No sé que decirte… -dijo Guido compungido.

-¡Pedazo de idiota! –escupió Camila, iracunda-. ¡Lo que vieron mis ojos no necesita de un folleto explicativo! ¡Mentiroso! ¡Aún ayer estabas diciéndome “te amo”! ¿Qué cuentos le contaste a esta infeliz de quien todos dicen que es más fácil que la tabla del uno?

-Perdóname…

La muchacha empezó a tironear de Guido para que entraran en la casa. Camila estaba tan enojada que no paraba de insultarlos a ambos. Por los gritos, algunos vecinos de la calle se asomaron a las ventanas para presenciar el escándalo. De súbito, la ira alcanzó su cenit en Camila: entonces, mientras él trataba de calmarla, ella alzó la mano y abofeteó la cara del joven. Y habría seguido golpeándolo de no ser porque la mojigata lo entró a empujones en la casa.

Y Camila quedó sola en medio de la vereda; ahora ya no sentía furia, sino que ascendía en ella la tristeza. Y mientras sus ojos se llenaban de lágrimas, encaró el camino de regreso al restaurante.


Continua mañana

viernes 20 de febrero de 2009

DUELO DE CIVILIZACIONES (VII): LAS NAVES OCUPAN EL MUNDO

Se trataba de una nave circular que irradiaba luces. No estaba fija en el cielo; en un momento pendía sobre el edificio del parlamento; minutos más tarde sobrevolaba la plaza de Mayo y la Casa de Gobierno, sede de la presidencia; luego, el Obelisco, enclavado en medio de la ancha avenida 9 de julio. Y las imágenes de Buenos Aires se mezclaban con las postales que las cadenas de televisión traían de otras ciudades del mundo. “Según un cable de una agencia internacional –comentó un periodista apostado frente al Cabildo-, esta llegada no sorprende a los gobiernos, porque habrían recibido una comunicación de los visitantes anunciando su arribo. Se conjetura además que en las próximas horas otras naves llegarían a Japón, Rusia y China”.


Había en el restaurante un silencio expectante; después empezaron los murmullos y los intercambios de pareceres.


-¿Qué intenciones traerán? –preguntó la señora Roldán con la boca contraída.


-Necesariamente no deben ser malas –contestó Larrañaga.


Entonces todos se volvieron hacia Augusto, a quien entendían con alguna autoridad. Era un pensador, un hombre culto, y quizá pudiera esclarecer las cosas con hipótesis inteligentes.


-Es claro –dijo- que aprovechan la noche para aparecer. Así encuentran poblaciones tranquilas, entregadas al descanso. Quizá lo hacen para no causar demasiado espanto. Imaginen a la nave apareciendo en el cielo a las tres de la tarde sobre la calle Corrientes de Buenos Aires, o sobre avenida de Mayo. De seguro habría corridas y pánico. Y para minimizar los riesgos habrán causado los apagones.


“La nave que está sobre Buenos Aires sería la única en América del Sur –continuó el periodista, micrófono en mano-. Según trascendidos de funcionarios de servicios de los inteligencia, el aparato no estaría mucho tiempo aquí. Seguiría viaje hasta Chile y Brasil. Por el contrario, varias naves se contabilizan en Europa y en América del Norte. El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas ha convocado a una reunión urgente para el día de mañana en Nueva York”.


-Qué extraño… -comentó Posadas.


-No lo es tanto –interpretó Augusto sereno-. Habrán destinado más naves para el hemisferio Norte, donde están las potencias. Bien saben eso. Y de seguro visitarán cada cultura: los orientales y los árabes los verán en las próximas horas.


-¿Debemos tener miedo? –preguntó Larrañaga.


Augusto no contestó de inmediato. No podía decir que no, porque aquella ostentación de tecnología era suficiente para conmover al más inconmovible.


-Es apresurado decir eso –dijo al final-. Aunque según veo tomaron muchas precauciones para concluir que traen malas intenciones. El ladrón no le avisa al dueño de casa que va a entrar en su hogar durante la noche para robarle.


Continua mañana

jueves 19 de febrero de 2009

DUELO DE CIVILIZACIONES (VI): UNA NAVE EN BUENOS AIRES


Cuando Anselmo Gurruchaga, dueño del restaurante, molesto por el apagón, encendió una vieja radio de pilas, quedó asombrado al oír las noticias que esparcía una de las pocas emisoras que encontró funcionando. Había oscuridad en varias provincias argentinas, incluso en la ciudad de Buenos Aires. “Tampoco hay luz en la capital”, gritó Gurruchaga a quien quisiera escucharlo, y fueron pocos lo que lo hicieron. En realidad nadie sentía gran alarma por el apagón, y en la mayoría de las mesas se siguió charlando sonoramente y comiendo como si nada anormal pasara. Sólo unos pocos, entre ellos Augusto, se acercaron a la radio para saber más.


Comenzaron a llegar noticias fragmentadas, dudosas todas, y en principio, poco importantes. El locutor comentaba que, casualmente, a oscuras también estaban grandes capitales del mundo o lo habían estado. Aparentemente tampoco había luz en París, en Berlín y en Londres; y en las últimas horas, Washington y Nueva York se habían sumado a la nómina de metrópolis sin energía. Víctor Posadas, otro invitado de César, se rió diciendo que al parecer el apagón coincidía en cada nación con el anochecer. El comentario pareció llamativo y hasta bastante lúcido, aunque ninguno de los que estaban alrededor del aparato lo tomó en serio. Luego, de uno en uno volvieron a sus mesas para seguir divirtiéndose, hasta que sólo Augusto, su sobrino Agustín y Larrañaga quedaron pendientes del transmisor.


Notó el viejo que Agustín cada vez que podía intentaba ganarse su simpatía, aunque su tío parecía encaprichado en ignorarlo. El muchacho le hablaba, pero él no respondía; le hacía preguntas, y el hombre le contestaba con monosílabos. Mientras Augusto iba de aquí para allá por el dial buscando una emisora que aclarara las cosas, el joven hablaba y hablaba a su lado. Sin poder concentrarse finalmente le contestó: “¿Puedes callarte? Tu parloteo hace que pierda la atención”. El muchacho quedó mudo y paralizado. Sólo entonces Augusto pudo oír lo que estaba ocurriendo.


Grandes naves desconocidas habían surgido de las tinieblas sobre las mismas ciudades que habían quedado a oscuras. “Este día –decía la voz- o, mejor dicho, esta larga noche, quedará en la historia. Gentes desconocidas se dieron a conocer. Rechazando el día, eligieron la noche para presentarse, aprovechando así el sueño en que se encuentra la mitad de la Humanidad en esta hora. De seguro apagaron las ciudades para facilitar su llegada”. La cara de Augusto quedó congelada en una expresión de asombro; Larrañaga, por su parte, decía “¡Chist! ¡Chist!”, llamando a los demás al silencio. El viejo aumentó el volumen, y las noticias sonaron con fuerza en el restaurante.


“Según una noticia de muy buena fuente –agregó la voz-, también la ciudad de Buenos Aires tiene una nave, y está levitando sobre ella”. Los comensales abandonaron sus mesas y se pusieron de pie; las madres hicieron callar a los chicos; los artistas guardaron sus canciones para otra ocasión. A los minutos todos estaban apiñados alrededor de la radio.


De súbito la electricidad regresó, la luz de las lámparas bañaron a todos y la primera imagen que trajo la televisión que había quedado encendida, fue de Buenos Aires. Y adultos y niños quedaron anodadados cuando vieron una gran máquina sobre el Congreso de la Nación.


Continúa mañana

miércoles 18 de febrero de 2009

DUELO DE CIVILIZACIONES (V): EL APAGON

¡Esa cena! La mesa estaba abarrotada de botellas vino, cerveza y gaseosa, y de personas que hablaban una sobre otra; por el restaurante correteaban chiquilines molestos que gritaban y se tiraban de los pelos. En las otras mesas había otras mujeres y otros hombres igual de bulliciosos. Y como fondo resonaban la voz y la guitarra de dos músicos novatos (paso previo para vender los compact disc que traían en un bolso), el ruido metálico de los ventiladores de techo y un televisor que nadie veía. Y ahí entre el gentío estaba Augusto, silencioso y hasta molesto. César había organizado la cena para homenajearlo. No se trataba de una cena íntima sino compartida con los otros comensales que habían concurrido esa noche al restaurante, pero su hermano había invitado a algunos amigos suyos para sentarlos a la mesa con su familia. Esos amigos habían aceptado deseosos de compartir una cena con un escritor afamado de la capital. De buena gana Augusto habría tomado el coche y regresado a Buenos Aires para huir de esa gente ruidosa, pero sin más remedio ahora estaba allí sentado, escuchando que “Pablito está más grande”, que Laura aumentó doscientos kilos o bajó cien hasta casi desaparecer, y que Faustina, la hija de Olinda, se había casado con un muerto de hambre seguramente “de apuro”.


Pero otras dos personas en la mesa parecían igual de hastiadas con tanta cháchara, y eran sus sobrinos. Agustín estaba también mudo, aunque intentando obtener alguna palabra de su tío sin lograrlo; por su parte Camila había hecho cuanto había podido para no asistir a la cena. Había fingido primero un dolor de cabeza, después nauseas, y hasta asustado a su madre diciéndole que creía que tenía varicela, tos convulsa y hasta una enfermedad desconocida que sólo existía en el diccionario. Su madre, finalmente, se le había impuesto y la joven de veintiún años había arrastrado su pesado cuerpo hasta el restaurante, en cuya mesa ahora se doblaba como se dobla una flor sin vida en un jarrón. “¿Cómo no vas a venir a la cena en honor a tu tío que cumple años? –había dicho su madre-. Además, estarán nuestros amigos que tienen mucho interés de conocerlo. No todos los días llega un escritor de prestigio”. La muchacha había aceptado sin más remedio pero ahora estaba entregada a sus pensamientos, y Augusto dedujo que tendrían que ver con algún muchacho.


Para colmo de males tanto era el calor acumulado en el salón, que los ventiladores eran inútiles para proporcionar un fresco. Afuera la noche estaba despejada: ni una nube había en el cielo a pesar del clamor generalizado (aunque silencioso) porque lloviera. Cuando faltaban pocos minutos para la medianoche, César se puso de pie, hizo un ademán a uno de los mozos y éste apareció a los minutos portando una torta pequeña. No fue necesario apagar las luces para encender la única vela, solitaria en un pastel poco atractivo; de súbito, toda luminosidad se fugó del lugar en un abrir y cerrar de ojos. Quienes se preguntaron cuál era el motivo del apagón, de inmediato se dieron cuenta de que toda la ciudad estaba a oscuras, y que siquiera había una luz más allá, en la ruta.


-Pero ¡estos apagones! –exclamó el doctor Larrañaga, invitado de César.


-La semana pasada tuvimos uno –acotó la señora Roldán, una mujer gruesa, chillonamente pintada-. Durante la siguiente hora, nos asaremos sin ventiladores.


Todos imaginaron de inmediato que se trataba de un simple corte de energía. Y nadie se imaginaba lo que estaba ocurriendo más allá.

martes 17 de febrero de 2009

DUELO DE CIVILIZACIONES (IV): EL AÑO QUE HICIMOS CONTACTO

Y más allá de los rascacielos, las torres y las agujas de nuestras metrópolis populosas, de sus calle y rutas por donde millares de seres, ignorantes de cualquier peligro del espacio, retozaban cada día; más allá de las bestias y de los infinitos tipos de vida que prosperaban bajo el cielo, criaturas de una civilización más avanzada que la nuestra (pero a punto de morir) observaban silenciosamente nuestros pasos sin darse a conocer. Necesitados de recursos, y hasta de un nuevo lugar a donde exiliarse, observaron que el nuestro era un planeta floreciente, joven todavía, aunque en deterioro. La vida animal y vegetal estaba retrocediendo allí, desplazada por el predominio humano y la explotación intensiva; las esenciales fuentes de agua dulce disminuían, en un mundo formado en su mayor parte por agua, aunque no apta para el consumo; la temperatura aumentaba lenta pero inexorablemente; y los desechos del consumismo se acumulaban aquí y allá.

Habían resuelto revelar su existencia y contactar a la humanidad, aunque se preguntaron de qué modo se presentarían a los habitantes de la Tierra para no espantarlos. De seguro el hombre experimentaría gran incertidumbre cuando conociera que no estaba sólo en el cosmos, y ese sería el último día de su imaginario predominio. Entonces decidieron disponerlo para su visita. Desde el espacio enviaron primero un mensaje en las lenguas humanas que más se hablaban, para que tanto en el norte como en el sur, en el este como en el oeste, los humanos oyeran el mensaje en su propia lengua. Habían pasado cincuenta años recopilando en grandes discos todos los idiomas y dialectos humanos (incluso los extintos), y eligieron once para el mensaje revelador: el inglés que se hablaba en América del Norte, Gran Bretaña, Sudáfrica y Australia, y que al ser el lenguaje de la tecnología, de las marcas, los tratados comerciales, las finanzas y de la nación más poderosa de la Tierra, era enseñado, aprendido y repetido por otros miles de millones en el resto del mundo; el mandarín hablado por los chinos; el español y el portugués, con los cuales buscaban ser entendidos por esa extensa franja llamada América Latina, parte de Africa y de Europa; y el francés, el alemán, el ruso, el árabe, el indonesiano y el japonés, todos muy populares con los cuales cubrieron terminaron de cubrir gran parte de la población terrestre. Las máquinas más poderosas de la Humanidad descubrieron el mismo mensaje transmitido en lenguas extintas que solo hablaba una minoría de sabios, como el latín, el sánscrito y el griego antiguo. Pero aunque iniciaban el contacto para anticipar su desembarco, ya los aparatos de las potencias habían detectado su flota en el espacio.

No obstante, el mensaje no fue difundido al hombre común, que continuó su vida como si ninguna novedad hubiere, y quienes iban a venir no se sorprendieron por eso. Habían calculado que eran los gobiernos los que contaban con los medios y la tecnología para recibir la señal, no el hombre ordinario. Además no dejaron pasar mucho tiempo entre la recepción del correo y su llegada, menos de cuarenta y ocho horas. Por ello, para cuando los principales gobiernos recibieron la comunicación, los visitantes estaban ya en sus grandes naves, surcando el espacio etéreo y por entregar el mensaje en persona.
Continua mañana

lunes 16 de febrero de 2009

DUELO DE CIVILIZACIONES (III): EL ARBOL DE LA VIDA

Cuando cruzó el Riachuelo por el puente Avellaneda, ese límite natural que separa la capital de la provincia, le dirigió una mirada de tristeza. El estirado riñón penetraba en el territorio, y era un riacho ancho, aunque pestífero e inmóvil. En sus negras y mortales aguas, barcos hundidos, máquinas y desperdicios dormían un sueño eterno. El riacho desembocaba en el río de la Plata, del tamaño de un mar, también muy contaminado. Paradójicamente, millones de seres humanos vivían rodeados de agua, pero ninguno de ellos podía bañarse en sus aguas ni nadar, y en el Riachuelo ya no quedaban peces que pescar.



Cuando estaba en la ruta deploró el intenso calor del verano y el ardiente sol colgado en un cielo sin nubes. Eran las tres de la tarde, la franja más calurosa del día, y el automóvil no tenía aire acondicionado. De resultas, pensó que estaba cocinándose en ese auto viejo que era puro metal.



Dos horas y media más tarde sonó el timbre en la casa de Chascomús. Entre puteadas (porque era la hora de la siesta) César abrió la puerta, y cuando vio a su hermano en el umbral, quedó sorprendido pues no lo esperaba.



A poco de estar en la casa, Augusto confirmó sus pareceres: la esposa, Cristina, que lo recibió con un beso pegajoso, tanto como el calor; su sobrino, Agustín, un veinteñero, al que creía un poco tonto, que le rumió un silencioso “hola”; y su sobrina, Camila, una adolescente bastante pícara, demasiada ocupada en perseguir a cuanto muchacho se le ponía a tiro, que ni le deseó feliz cumpleaños.



-¿Cómo estás? –preguntó Cristina, con gran sonrisa-. Antes que nada: te felicito por tu biografía. Y gracias por enviarnos un ejemplar.



-Gracias –contestó el viejo, cortés-. ¿Te ha gustado?



-No la leí todavía –reconoció-. Es bastante larga. Pero ahí la tenemos, en una mesita baja, junto al televisor. En realidad la usamos como portavasos porque al ser tan gruesa, sirve para apoyar cosas –y rió queriendo parecer graciosa.


El comentario desagradó a Augusto. Le habría dicho, con ánimo de punzarla: “Menos mal que no la leíste, porque no te habría gustado lo que digo de ti”. Pero calló.



-¿Por qué no avisaste que venías? –preguntó César-. Manejaste en la hora más candente del día.


-Lo decidí a último momento. Y no pensé en la crudeza de la hora. Lo que me ha sorprendido –acotó con extrañeza-, es la sequedad que encontré en los campos. Hallé lagunas donde el agua está desapareciendo, arroyos donde no queda hilo de agua y ríos con escaso caudal. Los diarios de Buenos Aires hablaban de esta sequía, pero no había tenido ocasión de atestiguarla con mis ojos.

-Sí –confirmó César, con pena-. Hace tiempo que no llueve. Hay quienes dicen que es efecto del deterioro del clima, aunque no es seguro que esa sea la causa.

-He viajado poco –expresó al final, pensativo-. Pero a veces temo que las generaciones que vengan no encuentren los bosques que yo encontré; ni vean los hielos donde yo los vi. Y cuando pienso que papá y mamá nos hablaban de que, siendo niños, pescaban en arroyos donde ahora sólo navega la basura, llego a la conclusión de que mi temor no es infundado, pues ha pasado ya. Ellos habitaron un mundo distinto de este.


-¡Pero hombre! –exclamó César-. Este es un día festivo. ¿Por qué piensas cosas tristes hoy, precisamente hoy?



-No sé –contestó Augusto, desconcertado de sí mismo-. Quizá por eso mismo, porque cumplo años –y quedó mirando las rosas a través de la ventana-. Y aunque no soy un hombre melancólico, daría cualquier cosa por volver a la vieja calle, del viejo barrio, frente a la vieja casa, y encontrar al jovencito despreocupado, de cabello rubio y ojillos alegres, que algún día fui. Y que ha quedado ahí, esperando que regrese.
Continúa mañana

jueves 12 de febrero de 2009

DUELO DE CIVILIZACIONES (II): FELIZ CUMPLEAÑOS

El día que Augusto Robillard cumplía setenta años, se levantó malhumorado como de costumbre, discutió (también como era costumbre) con Carmen, la mujer de la limpieza que lo consideraba un viejo amargado, huraño e insoportable, y mandó también de paseo a Eulalia, la vecina de al lado, al encontrarla en la calle. En realidad tendría que haber despedido a Carmen por haberle dicho lo que pensaba de él, pero no era la primera vez que lo hacía. En realidad, hacía veinte años que limpiaba su casa, y al sexto mes la mujer ya le había cantado las cuarenta. Pero lo cierto era que en esa gran casa, sin esposa y sin hijos, no tenía con quien hablar y Carmen a veces era la única persona en el día con quien cambiaba alguna palabra, aunque fuera por una discusión.



Era un escritor exitoso, pero aunque la crítica y el mundillo literario lo consideraban un autor afamado, se consideraba un mediocre que sólo había escrito varias novelitas rosa, un libro policial deslucido y una novela histórica que hablaba de lo bello que era el pasado. Su último libro había sido una aburrida (aunque redituable) autobiografía en la que había dejado de manifiesto que lo más importante que le había pasado en la vida había sido machucarse el dedo contra una puerta, cagarse encima durante toda la niñez y vivir tres años enamorado de una muchachita que lo ignoraba, trauma que le había costado diez años de terapia.



Para ese día tenía la invitación de su hermano César que vivía en Chascomús, para que pasara el cumpleaños con él y su familia. Pero había rechazado el ofrecimiento cortésmente; no sentía ganas de soportar a una esposa cuyo exceso de amabilidad empalagaba, ni a sus dos hijos jóvenes. Tenía además trabajo atrasado: un libro que imaginaba iba a ser su mejor obra. Quizá fuera el último. Pero hacía meses que estaba detenido en un capítulo del que no podía salir por falta de inspiración.



De pronto la tristeza lo acometió. Se vio a sí mismo sólo el día de su nacimiento, enfrascado en un libro que no iba para atrás ni para adelante. Y hacía meses que repetía esa rutina. Los llamados telefónicos del día habían sido tres, a saber. El primero de un banco que le había ofrecido una tarjeta de crédito internacional válida en todos los comercios del mundo incluso en los de Sri Lanka. ¿Para qué la quería si no le gustaba viajar? El segundo de otro banco; una jovencita le había ofrecido un préstamo pagadero a diez años. Cuando él le dijo su edad, la operadora se disculpó primero, titubeó después y finalmente cortó. El tercero de una agencia de autos: había ganado un cero kilómetro. Y era el segundo que ganaba en la semana y el quinto del mes. Entonces se preocupó. Ese día no lo había llamado ninguna empresa de servicios para ofrecerle Internet. De haber ocurrido le habría pedido a la operadora que le dijera el único “feliz cumpleaños” del día como condición para escucharla.



Entonces volvió a la invitación de su hermano. Soportar a su familia era mejor que pasar ese día especial sólo. A la sazón, sacó el auto modelo 80 que tenía, se subió y encaró la ruta, aunque un tanto dudoso de que hubiera sido una buena decisión.
Continúa el lunes 16

miércoles 11 de febrero de 2009

DUELO DE CIVILIZACIONES (I): COMIENZO


Desde hacía muchos, distintos científicos venían afirmando que el hombre no estaba solo en el universo. Y en efecto, otros seres había más allá del planeta Tierra, y desde hacía siglos venían observando la historia de la humanidad como espectadores de una obra de teatro.

En realidad, los primeros años de esa historia poco les había interesado, y sólo prestaron un poco más de atención cuando el hombre inventó la máquina de vapor. Vieron entonces al mundo saturarse de artefactos y engranajes; máquinas para moverse por el aire, por el agua y por tierra, y para producir toda clase de artículos y para extraer los alimentos de la tierra; máquinas para almacenar, clasificar y tratar información de casi toda la población del mundo, y para producir calor y energía; y también, máquinas terribles para utilizar en uno de los oficios más viejos del hombre: la guerra.

Lo que vino los dejó algo impresionados, pues el hombre quemaba y talaba bosques y selvas, los desiertos se extendían, los ríos y mares morían por efecto de la contaminación, especies de plantas y animales desaparecían para siempre víctimas de la caza sin freno, la temperatura global ascendía y los hielos de los polos empezaban a fundirse amenazando con dejar bajo el agua ciudades y países. No entendieron por qué el hombre estaba propiciando su propia destrucción al destruir su mundo.

Cuando esos seres descubrieron que su propio planeta agonizaba y se agotaba, dejaron de interesarse por la Tierra como un planeta sólo para observar, y empezaron a verlo como una nueva fuente de recursos, y hasta como un posible destino. Entonces, elaboraron un plan para enviar allí una embajada, revelarse a sus habitantes y presentarse ante sus gobiernos para pedirles colaboración.


Continua jueves 12

EL SEÑOR DE LOS ANILLOS

EL SEÑOR DE LOS ANILLOS
El señor de los Nazgul, en la batalla final

LA GUERRA DE LOS MUNDOS

LA GUERRA DE LOS MUNDOS
Versión 1953

LO QUE EL VIENTO SE LLEVO

LO QUE EL VIENTO SE LLEVO
Scarlett O'Hara (Vivien Leigh, 1939)

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