Con el paso de los días empezó a correr la noticia de que los visitantes se habían reunido con distintos líderes políticos mundiales. Las cadenas de televisión globales habían transmitido imágenes de esferas de color plateado, con varias puntas saliendo de los laterales, emergiendo de los discos y descendiendo cerca de edificios gubernamentales. En efecto, millones de televidentes y cibernautas del sur y del norte vieron por televisores y computadoras a los aparatos bajando sobre la Casa Blanca, el Kremlin y la sede del gobierno chino.
Según los partes, los embajadores del espacio habían asegurado que sus intenciones eran pacíficas, aunque no había muchas precisiones. Corrían los más diferentes rumores sobre su aspecto; se afirmaba que los visitantes conocían a la perfección varios idiomas humanos y que tenían un conocimiento muy acabado de la historia del hombre y de su planeta. Se aseguraba que aquellas criaturas integraban una civilización muy antigua, con más tiempo que la civilización humana, y que tenía respuesta a muchas preguntas. Quizá pod
ían responder cómo se habían construido las pirámides; cual había sido la causa de extinciones masivas (hasta algunas selectivas) de gran parte de la vida en la Tierra, como la de los dinosaurios; tal vez podían traer nuevos indicios y nuevas teorías sobre el origen de la vida. Y hasta era posible que hubieran doblegado a eso que se llama “tiempo”, entrando y saliendo de los segundos y de las horas. Los científicos chinos, norteamericanos y canadienses estaban excitadísimos esperando la ocasión de conocer a los visitantes y apabullarlos con sus dudas. Las autoridades francesas, hindúes, peruanas, sudafricanas y árabes intercambiaban informes todo el día, y durante esos días pareció que no hubo distingos de razas, culturas o religión, porque unos se acercaban a otros ante lo que era desconocido para todos. Si; algunos sujetos (como Augusto) pensaron que el primer efecto de la llegada de los extraterrestres había sido beneficioso: la humanidad se había unido. Augusto regresó a Buenos Aires teniendo en mente que su lugar estaba en la ciudad, donde los hechos ocurrían, y no en un lugar de la provincia. Tenía mucho por hacer: debía contactar y reunirse con otros escritores y pensadores, y dialogar largamente sobre la nueva época. Quizá pudieran entrar en contacto con otros intelectuales latinoamericanos, integrar un grupo de notables y analizar las cosas desde la óptica de esta parte pobre del mundo. Luego hablarían con pensadores de Europa y América del Norte e imaginarían un nuevo orden internacional en un mundo marcado por las injusticias. De seguro podrían elaborar en conjunto un compendio para entregar a los visitantes con grandes obras artísticas del hombre; una especie de enciclopedia con biografías y textos de referentes como Cervantes, Shakespeare, Tolstoi, Borges, Víctor Hugo y Neruda; fotografías de frescos y pinturas de Miguel Angel, Da Vinci, Van Gogh, Dalí y Picasso; piezas musicales de Beethoven, Mozart y Verdi; y hasta películas que había producido la cinematografía humana. Una muestra de lo mejor que había hecho la mano del hombre podía ser obsequiado a los visitantes para que conocieran su civilización. Y por qué no, historiadores argentinos, norteamericanos, camerunenses, suecos, españoles, y de todas las banderas podrían elaborar un tratado sobre la historia humana; un tratado seguramente de cien tomos, donde no se omitiera ni una u ni una coma de la biografía de cada pueblo del mundo, fuera grande o pequeño. Sí; tenía mucho por hacer. Si lo dejaban sus sobrinos.














