La comida fue silenciosa, aunque copiosa. Y tal mutismo (impuesto por Gervasio) no tenía por única causa las conductas incorregibles del menor de la familia, sino también los luctuosos hechos ocurridos en el alba. ¿Quién sabía qué desastrosas consecuencias para la ciudad tendría el alevoso crimen? Por lo pronto, era esperable, afirmaba Gervasio, una invasión militar. 

Invariablemente la mesa estaba revestida con un mantel de algodón, y sobre ella la negra depositaba una loza finísima, una sólida cristalería inglesa y las fuentes de plata. Facundo engulló el puchero rodeado de fariña y el quibebe con una rapiña que le hizo granjearse de su madre una mirada reprobatoria. A continuación, hizo su entrada Matosa portando los tazones con el caldo. Deglutió el suyo con ahínco. Luego la mesa recibió los pasteles comprados a los negros ambulantes, un deleite para el paladar de Facundo. ¡Oh, las comidas de antaño! Sopa de arroz, de fideos, de pan y de fariña; cargados guisos de porotos, de lentejas, de carne o de garbanzos, y carbonadas con zapallo, papas o choclos. ¡Y el jugoso asado de vaca, costumbre arraigada en el país! ¡Y cuantas clases de ensalada lo acompañaban! De chauchas, de lechuga, de verdolaga, de papas, coliflor y remolacha. ¡Y el sabrosísimo locro de trigo o de maíz, y la humita chorreante de grasa en grano o en chala! Y no le iban a la zaga los postres: frutas de toda clase en el verano, frituras caseras espolvoreadas con azúcar, mazamorras, cuajadas, natillas, pastelillos rellenos y el infaltable arroz con leche.
Acabada la comida, los moradores se dirigieron a sus aposentos. Facundo, un tanto turbado, requirió de su madre el saludo de rigor, y ella se lo dispensó, dulcemente, como siempre. “Mamita: me portaré mejor”, le dijo. Pero, ¿cuántas veces había dicho lo mismo, para reincidir en la mañana siguiente? Amalia parecía estar perfectamente conciente de estas repeticiones, las que toleraba con infinito amor maternal. Confiaba en que los años, naturalmente, acomodarían la cabeza del muchacho.
Tras el saludo, Matosa tomó al niño y lo condujo hasta la habitación, para velarlo hasta que lo visitara el sueño. El niño se desvistió, se arropó con las cobijas y se quedó quietito, mientras la negra, de tez reluciente, sumergida en la negrura del cuarto, lo observaba y contabilizaba mentalmente el tiempo que demoraba el niño en dormirse.
Tras el saludo, Matosa tomó al niño y lo condujo hasta la habitación, para velarlo hasta que lo visitara el sueño. El niño se desvistió, se arropó con las cobijas y se quedó quietito, mientras la negra, de tez reluciente, sumergida en la negrura del cuarto, lo observaba y contabilizaba mentalmente el tiempo que demoraba el niño en dormirse.
Más, fue el ayo quien se durmió a continuación; a la sazón el chicuelo se agitó, como asaltado por hormigas. Y el estado de letargo de la zamba, que durante el día cocinaba, lavaba y había asistido a su ama en la crianza de cada uno de los varones, fue interrumpido por un ruido hecho por el chiquillo, en el ánimo de asustarla. Cuando la comadre despertó con sobresalto, se percató de que el mocoso estaba con todas las luces y sentado en el lecho, mirándola. ¿Quién velaba el sueño de quien?
-Duérmase, hijito –le dijo la negra, haciendo ruido como de un tropel de caballos y oteando con ojos desmesurados de misterio, un rincón y otro del cuarto-, mire que si no viene Rosas para comerlo… Ahí llegan los mazorqueros –prosiguió, pretendiendo que el pavor se le infiltrara en el cuerpo-, hombres gruesos, de tupidas barbas, ojos inyectados y rojos ropajes, que portan cuchillos largos como un brazo.
Pero Facundo, sentado en la cama, abrazó sus rodillas y dijo, ligero: “Yo no escucho nada”. Mentiras tales que habían aterrorizado a sus hermanos mayores cuando pequeños, no tenían efecto alguno en el último hijo de la familia. Sabía también (porque lo había comprobado varias veces) que los cuentos
de los negros, pensados para espantar a un mocoso de su edad, resbalaban en él, que los escuchaba con displicencia.
de los negros, pensados para espantar a un mocoso de su edad, resbalaban en él, que los escuchaba con displicencia. -¿No sabe acaso –arremetió la negra, para asustarlo-, que se dicen cosas terribles en la ciudad, sobre muerte, guerra y sedición?
-¿Qué es sedición? –preguntó el mocoso, fresco.
Matosa entendió que por ese camino no arribaría a ninguna parte, y que antes iba a dormirse ella que el muchacho. Porque el niño –y esto era lo peor-, tampoco daba señales de disposición para el sueño. La negra estuvo a punto de estallar en ira pero, invocando al sosiego y a la astucia, pretendió desplegar una nueva estrategia para que el chicuelo se durmiera.
-Si no se duerme –díjole- le anoticiaré a la señora. Y ella le dará una zurra.
El niño, iracundo, en un santiamén, se acostó y se cubrió con las cobijas. El jaleo terminaba con el triunfo de la negra, y él replegaba sus estandartes para otra ocasión. La zamba se retiró y dejó al pequeño entregado al descanso.
Continuará












2 comentarios:
Hey...que buen narrador estás tú hecho.... como me gustó!!!
Abrazos, Germánico.
Jajajaja
Mi vieja tuvo que despedir a mi niñera porque descubrió que a la noche me amenazaba con que, si no me dormía, un pajarito me iba a comer los ojitos...
Me tuvieron que llevar a un brujo para que me cure del susto. ¡¡Con razón me agarra semejante psicosis cada vez que me revolotea cerca una paloma!!
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